
Mesa de comedor de castaño recuperado de un hórreo asturiano, con patas en tijera y ensambles vistos. Madera con siglo y medio de historia lista para otra vida entera.
El castaño de esta mesa trabajó ciento cincuenta años como viga de un hórreo cerca del Órbigo antes de llegar a mi taller. Venía gris por fuera, con clavos ciegos y marcas de azuela, y por dentro guardaba un color de pan tostado que ya no se encuentra en madera nueva. Desclavar, cepillar y descubrir eso es de los mejores momentos del oficio.
Cuando una familia se sienta alrededor, esta madera vuelve a estar viva.
La mayor dificultad fue respetar las huellas sin que la mesa pareciera un disfraz rústico. Decidí cepillar la tapa hasta dejarla lisa y cómoda, pero conservando dos vaciados de la azuela original en un extremo, suaves al tacto. Los agujeros de los clavos los dejé abiertos: son parte del documento. Nada de tintes; el castaño viejo no los necesita.

Las patas van en tijera, con un ensamble a media madera atornillado en llave central, pensado para que la mesa se desmonte en tres piezas y pase por cualquier escalera. La acabé con aceite-cera aplicado a mano, que aviva el tono sin plastificarlo. Es una mesa para seis de diario y ocho apretados en fiestas: para sidra, cartas y sobremesas que se alargan hasta la cena.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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