
Escritorio de fresno con dos cajones a cola de milano y tapa ligeramente volada. Claro, sereno y sin un solo tornillo a la vista.
El fresno de este escritorio vino de una partida clara, casi blanca, con una veta larga y nerviosa que me recordó al agua rápida. Llevaba tiempo queriendo hacer un escritorio que no pesara en la habitación: que estuviera, pero que no gritara. El fresno era la especie obvia; es fuerte, elástico y coge la luz de una manera que el nogal, por ejemplo, no sabe.
Un buen escritorio no pide silencio: lo da.
Lo más delicado fueron los cajones. Las colas de milano las corté a mano, con sierra japonesa y formón, y en el primer cajón me pasé de fino y tuve que rehacer un frente entero. No lo escondo: de esos errores sale el oficio. Los fondos van flotantes en ranura, para que la madera se mueva con las estaciones sin rajarse.

La tapa vuela dos dedos sobre la estructura, con el canto matado en bisel para que el antebrazo apoye sin arista. Lo acabé con barniz mate al agua, tres manos finas con lijado suave entre ellas, porque un escritorio sufre: tazas, codos, teclados. Está pensado para trabajar cada día junto a una ventana, y para que dentro de muchos años siga abriendo los cajones con la misma suavidad.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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