
Mesa de comedor de roble macizo para ocho comensales, con tapa de dos planchas casadas a junta viva y estructura de caja y espiga. Pensada para durar generaciones y admitir cicatrices sin perder dignidad.
El roble de esta mesa llegó de un aserradero pequeño de la sierra de Urbión, de un tronco que llevaba años oreándose al aire antes de pasar por la sierra. Cuando abrimos las planchas apareció una veta ancha y tranquila, con esos rayos medulares que solo da el roble cortado al cuarto. Supe enseguida que no había que hacerle casi nada: solo escuchar por dónde quería ir la madera.
Un roble que ha esperado cien inviernos merece una mesa que aguante otros cien.
La decisión difícil fue casar las dos planchas de la tapa. Estuve tres días girándolas y cambiándolas de orden hasta que la veta corrió de un extremo a otro sin interrumpirse. La junta la encolé viva, sin lengüetas, con los cantos cepillados a mano hasta que cerraban sin luz. Es un momento que no admite prisa: si la junta no canta, no se encola.

Las patas van unidas al faldón con caja y espiga pasada, acuñada en madera de contraste. Nada de herrajes: quería que dentro de cincuenta años alguien pudiera desmontarla, encolarla de nuevo y seguir usándola. El lijado lo llevé hasta grano 240, suficiente para que el aceite-cera aplicado a mano sature la veta sin taparla.
Está pensada para una cocina grande o un comedor de diario: comidas largas, deberes, masa de pan, alguna mancha de vino. El roble aguanta todo eso y lo convierte en historia. Solo pide un repaso de aceite una vez al año, y a cambio envejece mejor que nosotros.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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