
Silla de comedor en roble con respaldo de listones inclinados y ensambles de caja y espiga. Hecha para usarse a diario, no para mirarse.
La idea viene de las sillas de caserío que aún se ven por los valles del Bidasoa: austeras, algo toscas, pero con más de un siglo encima y sin una holgura. Quise hacer mi versión en roble, quitando peso donde se podía y guardándolo donde de verdad hace falta, que es en los ensambles. La veta la escogí recta en patas y travesaños, y con algo de agua en el respaldo, para que tuviera vida.
Si una silla cruje al año, la culpa es mía y no de la madera.
Lo que más me costó fue la inclinación del respaldo. Hice dos prototipos en pino y los tuve semanas en la mesa del taller, pidiéndole a todo el que pasaba que se sentara un rato largo. Tres grados arriba o abajo cambian una silla entera. Al final me quedé con una inclinación algo más tendida de lo clásico, porque en una comida de dos horas se agradece.

Toda la estructura va en cajas y espigas cortadas a mano y encoladas con apriete lento, y el asiento cepillado hasta dejar la superficie hecha con la propia cuchilla. Como es silla de diario, rompí mi costumbre y le di un barniz mate al agua en capas muy finas: apenas se ve, apenas se nota, pero aguanta el vaso derramado y el pantalón vaquero.
Está pensada por juegos, para la mesa de todos los días: la de los deberes, la de la sobremesa, la que se arrastra sin miramientos. Si dentro de veinte años hay que reencolar algo, las espigas están ahí, honestas, esperando a quien abra el mueble.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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