
Juego de tres taburetes altos de haya torneada con asiento rebajado a gubia y acabado de jabón nórdico. Hermanos, que no gemelos.
La haya salió de un lote de trozas del entorno del Deva, madera clara y prieta que en el torno se comporta como pocas. La idea era sencilla: tres taburetes altos para una barra de cocina, de esos que no piden permiso ni protagonismo. Lo sencillo, ya se sabe, es lo que más esconde: un taburete no tiene dónde disimular ni un solo error de compás.
Tres taburetes iguales no existen; existen tres hermanos.
Torneé las doce patas seguidas, en dos días, para que la mano no cambiara de criterio a mitad de trabajo. Aun así, los tres asientos son ligeramente distintos entre sí, porque los rebajé a gubia y cada tabla pedía lo suyo. Al principio me peleé con eso; luego entendí que era justo lo que quería: tres hermanos, no tres clones de catálogo.

Las patas entran en el asiento con espiga redonda pasante y cuña de nogal a contraveta, que asoma en la cara superior como una pequeña firma oscura. Lijado fino hasta 240 y acabado con jabón nórdico, que deja la haya casi cruda al tacto, mate y sedosa. Es un acabado que pide mantenimiento, sí: una jabonada de vez en cuando, y queda nuevo.
Están pensados para la vida de cocina: desayunos de pie a medias, deberes en la encimera, conversaciones largas mientras algo hierve. La haya clara con jabón envejece limpia, sin amarillear, y las cuñas de nogal seguirán ahí apretando calladas dentro de treinta años.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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