
Banco bajo de ventana en cerezo del Valle del Jerte, con una lazada de nogal abrazando una grieta antigua. Para leer, mirar la lluvia y poco más.
El cerezo llegó del Valle del Jerte, de un árbol de huerto que ya había dado toda la fruta que tenía que dar. Los frutales dan tablas cortas y nerviosas, pero de un color que no se compra: ese rojizo que arranca tímido y se va encendiendo con los años y con la luz. Guardé las dos mejores tablas para un mismo mueble, y este banco de ventana es ese mueble.
Hay tablas que llegan contando su historia; yo solo les pongo las patas.
La madera traía una grieta vieja del secado, de las que uno duda si cortar o dejar. Decidí quedármela: la cosí con una llave de mariposa de nogal embutida a formón, que la frena y la cuenta al mismo tiempo. Prefiero eso a fingir que la tabla fue perfecta. Ninguna lo es, y las que lo parecen suelen haber pasado por demasiadas manos.

Las patas, ligeramente abiertas, van ensambladas en caja y espiga con cuñas también de nogal, a juego con la mariposa. Lijado progresivo hasta grano 320, cantos matados a mano y acabado de aceite-cera aplicado a muñequilla, que al cerezo le da un fondo cálido sin taparle el dibujo. Al sol de una ventana, este banco va a oscurecer rápido y bien.
Lo pensé para vivir bajo una ventana: un sitio donde leer con el café, donde poner las macetas en invierno, donde un crío se arrodilla a mirar la lluvia. No es un banco de pasillo ni de visitas. Es de esos muebles que acaban teniendo dueño fijo en la casa, aunque nadie lo haya firmado.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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