
Mecedora de fresno con respaldo de varetas curvadas al vapor, pensada para las tardes largas del porche. Ligera al empujarla, firme al frenarla.
El fresno vino de un aserradero pequeño cerca de Sanabria, de un árbol que había que retirar del prado de un vecino. Me quedé con las tablas más rectas de veta, que son las que agradecen la curva, y las tuve secando en el taller casi dos años. Cuando por fin las cepillé, la madera tenía ese blanco cremoso con aguas suaves que solo da el fresno bien oreado, y supe que no la iba a pintar jamás.
Una mecedora no se sienta contigo: te acompaña mientras se acaba el día.
Las varetas del respaldo se curvan al vapor, y ahí me llevé mi buena ración de humildad: las dos primeras se astillaron al sacarlas del molde por ir demasiado deprisa. Aprendí a contar los minutos de caja de vapor según el grosor y a dejar cada vareta atada en su plantilla una semana entera. La curva de los balancines, en cambio, la saqué de un patrón viejo que llevo años afinando milímetro a milímetro.

Los montantes van escopleados al asiento con espigas pasantes acuñadas, que en una mecedora trabajan más que en ninguna silla porque todo el mueble está siempre en movimiento. Lijé hasta grano 320 solo donde toca la mano y la espalda, dejando el resto con el cepillado visto. El acabado es aceite de linaza cocido con cera de abeja, dado a muñequilla en tres manos finas.
Está pensada para un porche o un rincón junto a la ventana: para dormir a un crío, para leer sin prisa, para ese balanceo corto que uno hace sin darse cuenta mientras habla. El fresno irá tomando un tono miel con los años, y los balancines, puliéndose solos contra el suelo. Eso también es parte del oficio: dejar trabajo hecho para que lo termine el tiempo.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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