
Banco de castaño macizo con las patas ensambladas en colas de milano pasantes, hecho de una sola tabla asturiana. Para recibidores con botas y prisas.
La tabla de castaño la compré en un valle de Somiedo, a un maderista que la tenía apartada desde hacía años porque le daba pena venderla a cualquiera. Casi seis centímetros de grueso y una veta que recorre el asiento de punta a punta sin un solo sobresalto. Con maderas así uno no diseña gran cosa: la miras un rato largo, la escuchas, y el banco prácticamente se dibuja solo.
El castaño te lo perdona casi todo, menos las prisas.
La decisión difícil fue el ensamble. Podía haber atornillado las patas y nadie lo habría notado, pero una tabla de ese porte pedía colas de milano pasantes, cortadas a serrucho y ajustadas a formón. En castaño tan grueso no hay margen: si te pasas medio milímetro, la cola baila para siempre. Corté primero dos de prueba en un retal y aun así la primera buena me tuvo una mañana entera conteniendo la respiración.

Las patas entran en cola de milano a través del asiento, de modo que cuanto más peso soporta el banco, más se aprieta el ensamble. Rematé los cantos con un radio generoso, lijé hasta grano 240 y le di tres manos de aceite de tung con secado largo entre mano y mano, que al castaño le saca ese tono de pan tostado que tanto me gusta.
Es un banco de entrada: para sentarse a quitarse las botas, para dejar la cesta al llegar del mercado, para que los críos se suban de pie aunque no deban. No le he puesto nada delicado a propósito. Un golpe más, con los años, será solo otra línea de su historia.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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