
Mesa de reunión para ocho personas en nogal macizo, con la tapa a libro abierto y patas en caballete. Hecha para un estudio que quería reunirse alrededor de algo vivo, no de un tablero cualquiera.
El nogal de esta mesa vino de una huerta vieja a orillas del Turia. El árbol llevaba años seco en pie y el dueño no quería que acabara en leña, así que lo aserramos juntos y dejé los tablones secando en el taller casi dos años. Cuando un estudio de arquitectura me pidió una mesa de reunión para ocho, supe enseguida que era el momento de esos dos tablones hermanos, cortados del mismo tronco.
Quería una mesa donde las conversaciones largas se hicieran cortas.
La mayor dificultad fue la tapa. Los tablones tenían algo de tensión y, con casi tres metros, no entraban en la regruesadora. Los abrí a libro para que la veta se reflejara como en un espejo y los aplané a mano con un carro y la fresadora, pasada a pasada, durante dos días enteros. Hubo un momento en que pensé que la junta central no cerraría nunca; cerró al tercer repaso de garlopa.

Las patas van en caballete, ensambladas a caja y espiga con travesaños anchos para poder cruzar las piernas sin tropezar. La tapa no va encolada a la estructura: la sujetan botones de madera que le permiten moverse con la humedad del año. Después de lijar hasta grano 240, le di tres manos de aceite de tung, con lija suave al agua entre mano y mano.
Está pensada para reuniones largas: ordenadores, café, papeles extendidos y alguna discusión acalorada. El nogal irá tomando marcas y brillos con los años, y eso es exactamente lo que le pedí. Una mesa de trabajo no se conserva: se usa.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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