
Mueble de recibidor en castaño para un pasillo estrecho: dos puertas, un cajón para el correo y una balda para las llaves. Cabe donde parecía que no cabía nada.
El encargo llegó desde una casa antigua con un recibidor de apenas noventa centímetros de paso. Los dueños querían dejar de amontonar llaves, cartas y guantes en una silla, pero ningún mueble de tienda cabía sin estorbar. Medimos juntos el hueco tres veces y decidí trabajar con treinta y cinco centímetros de fondo, ni uno más. El castaño lo elegí por ligereza y porque su veta abierta viste mucho con poca madera.
Lo primero que tocas al llegar a casa merece estar bien hecho.
El cuerpo va ensamblado con colas de milano a mano en las cuatro esquinas. En un mueble tan poco profundo, cada ensamble queda a la vista de quien entra, así que las corté despacio, marcando con cuchilla y serruchando a pulso; la última cola la repasé tres veces hasta que entró apretada con un solo golpe de mazo. El cajón corre sobre guías de madera enceradas, sin metal.

Dentro hay un estante regulable y, arriba, una balda con un pequeño rebaje para que las llaves no resbalen al suelo. Lo terminé con barniz mate al agua, que apenas se nota pero aguanta el roce diario de manos, bolsos y paraguas mejor que un aceite.
Es el primer mueble que se toca al llegar a casa y el último al salir. Me gusta pensar que ordena un poco el día por sus dos extremos.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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