
Cama baja de cerezo macizo con cabecero de tablas encoladas y ensambles a caja y espiga. Se monta y desmonta sin un solo tornillo a la vista.
El cerezo lo compré en un aserradero pequeño de Navarra, cerca de la selva de Irati, en uno de esos viajes en los que vuelves con la furgoneta más cargada de lo prudente. Una pareja me encargó una cama tranquila, sin ruidos ni herrajes vistos, para un dormitorio con poca luz. El cerezo era la madera justa: cálido de color y con una veta fina que no grita.
Una cama se construye sobre todo para el silencio; el cerezo hace el resto.
La decisión más delicada fue el cabecero. Lo hice con cinco tablas encoladas al hilo, ordenándolas durante toda una mañana hasta que la veta fluyó de lado a lado sin cortes bruscos. Al lijar levanté la fibra con agua tibia antes de la última pasada a grano 240, porque el cerezo lo agradece: queda suave como piedra de río y el aceite entra parejo.

Los largueros van unidos a las patas con caja y espiga y herraje interior de cama, de modo que todo aprieta y nada cruje, pero se puede desmontar en diez minutos para una mudanza. El somier apoya en listones de haya sobre un rebaje corrido. Terminé todo con aceite-cera aplicado a mano, dos manos finas y un pulido con paño de algodón.
El cerezo oscurece despacio con la luz, y en unos años tendrá ese tono rojizo profundo que no se puede comprar ni imitar. Es una cama pensada para durar más que las prisas: para leer, dormir y envejecer con ella.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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