
Banco de entrada en fresno con espigas pasantes acuñadas en olivo y balda inferior para los zapatos. Pequeño, duro y pensado para el ajetreo diario de una familia.
Me lo pidió una familia con tres niños: un sitio donde sentarse a ponerse los zapatos sin hacer equilibrios en el felpudo. Elegí fresno porque es una madera correosa, que encaja bien los golpes de botas y mochilas, y guardé para las cuñas unos recortes de olivo que tenía desde hacía años esperando su ocasión. El contraste entre el fresno claro y el olivo veteado es todo el adorno que lleva.
Hay muebles pequeños que trabajan más que ninguno, y este banco lo sabe.
La estructura va resuelta con espigas pasantes que atraviesan el asiento y se acuñan desde arriba con el olivo. Es un ensamble antiguo y honesto: cuanto más se usa el banco, más asienta la cuña. Serrar la caja de cada cuña sin astillar el fresno me costó alguna pieza de prueba, hasta que afiné el corte con una guía y un formón recién vaciado.

Debajo del asiento hay una balda a media altura para los zapatos del día, con los cantos muy redondeados a la altura de las espinillas, que en una entrada se agradece. Lo acabé con jabón nórdico, que deja el fresno casi crudo, blanquecino y suave; se renueva en diez minutos cuando hace falta y mejora con cada lavado.
Es el mueble más pequeño que entrego este año y puede que el que más trabaje. Hay bancos de entrada que sostienen media casa sin que nadie se dé cuenta.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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