
Biblioteca empotrada de suelo a techo en roble macizo, ajustada a un salón de paredes torcidas y coronada con su propia escalera de mano.
Los dueños llevaban media vida acumulando libros en cajas y querían por fin una pared entera para ellos, del suelo al techo. La casa, de los años veinte, no tenía ni una pared a plomo ni un rincón a escuadra, y ahí estaba la gracia del encargo: el roble tendría que adaptarse a la casa, y no al revés. Pasé una tarde entera solo tomando plantillas del muro con un compás de puntas.
Los libros ya tenían su vida hecha; yo solo les hice sitio.
Construí la biblioteca en tres cuerpos para poder subirla por la escalera del edificio. Los montantes son de roble macizo y las baldas entran en ranuras fresadas, encoladas y acuñadas, porque una balda de libros cargada no perdona un ensamble flojo. Cada costado va recortado a plantilla contra la pared, siguiendo sus barrigas y desplomes, hasta que la junta desapareció.

La fila más alta queda a más de dos metros y medio, así que hice también una escalera de mano ligera, con peldaños encajados a ranura, que apoya en un riel de latón y se desliza a lo largo del frente. Todo el conjunto va acabado con aceite-cera aplicado a mano, que deja el roble con un tacto seco y cálido.
Los libros entraron el mismo día de la instalación, sin esperar siquiera a que recogiera las herramientas. Pocas veces he visto estrenar un mueble con tanta prisa y tanta alegría.
La veta, los ensambles y los rincones que solo se ven de cerca — pulsa en una foto para ampliarla.
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